lunes, 15 de abril de 2013

¿Y cómo hago para estar aquí?

A Jennifer en Gaira,
a Laura Baselga en Las Flores,
a los  que caminan entre el río y el mar,
que no dejen de preguntar.  



Jennifer estudia en la I.E.D. Gabriela Mistral, que se encuentra ubicada en el barrio Gaira de la ciudad de Santa Marta. Es el mes de noviembre y su profesora, Duvanis Molina, la ha invitado a un taller para estudiantes que realiza el Concurso Nacional de Cuento. 

Al igual que ella, otros chicos llegan a una sala que se encuentra en el segundo piso del plantel y empiezan a sentarse con timidez en las sillas que se agrupan formando una especie de media luna. Jennifer se queda en uno de los extremos, esperando a que le expliquen por qué les están entregando afiches y libros del concurso. 

Su profesora le contó que alguien vendría a visitarlos desde Barranquilla para enseñarles a escribir cuentos.  Lo que Jennifer no sabe, es que el libro que tiene en sus manos ha hecho un largo viaje desde Bogotá para llegar hasta ella y sus compañeros. Tampoco sabe aún, que contiene historias que han escrito otros jóvenes como ella. Entonces, abre el libro y la magia comienza. Pasa cada hoja lentamente y sus ojos se van volviendo más y más grandes. Mira a su lado con una especie de desconcierto y descubre que los demás están pasando por el mismo trance. De repente, rompe el hechizo y  pregunta sin vacilar : ¿y cómo hago para estar aquí? 


Jennifer antes de iniciar el taller. 

Todos tienen la misma inquietud y yo les respondo que la clave es participar. Saber cómo hacerlo es el motivo de nuestro encuentro. Nos hemos reunido para hablar sobre el Concurso Nacional de Cuento y  sobre otros niños y adultos, que desde el año 2007 han compartido con todo el país, esas historias que les dicta su imaginación. 

Les pregunto si conocen el concurso, si alguien se ha inscrito alguna vez. La respuesta es un "no", que ansía saberlo todo para ser un "sí". Para ser esa oportunidad de estar en Colombia Cuenta y que en otro lugar un niño como ellos, acaricie las hojas de un libro en el que aparezca esa historia que han creado en Gaira. 

Empezamos a hablar de los cuentos, de lo que ellos piensan que son y si leen o escriben con frecuencia.   Después los invito a que busquen la página número veintiuno del libro y sigan la lectura de "Andrés y el paraguas", una historia de Santiago Londoño, un niño como ellos que estudia en el Centro Educativo Distrital El Jazmín en Bogotá. 

Ahora otra chica, que está sentada justo en el otro extremo de la media luna, mira la ilustración de un niño que parece balancearse sobre la baranda de una escalera con ayuda de un paraguas, mientras otros jóvenes lo aplauden y sonríen. 


Dos estudiantes mientras leíamos el texto.

Cada cuento viene antecedido de una ilustración y un pequeño párrafo que el autor ha escrito para presentarse. De Santiago leemos que se considera un adolescente diferente, intelectual, lector y escritor. Pienso que si no leemos, no aprendemos. Agrega además que el amor por las letras y el arte de escribir proviene de su madre y que está agradecido con Dios por lo maravilloso que me brinda cada día. 

Con esta introducción iniciamos el viaje por "Andrés y el paraguas", un cuento que nos habla de Andrés, un niño que le encuentra mil usos mágicos a un paraguas que su madre le ha recomendado llevar a la escuela. Eso ocasiona las burlas de Carlos, un compañero del colegio que ve en la situación, la excusa perfecta para molestar a Andrés. Es en ese momento, cuando el niño recuerda el consejo de su madre : Trata de aprovechar una situación desagradable y hazla agradable. No dejes que nada ni nadie te desanime. Entonces, Andrés convierte su paraguas en un elegante bastón. Luego en un telescopio y una espada. También lo abre y lo utiliza para caminar sobre una cuerda floja, como si fuera un equilibrista. Después lo cierra y con la punta recoge un pedazo de papel del piso. El paraguas puede ser también el bastón de mando del director de una banda, una antena parabólica y una tienda de campaña. Finalmente, el paraguas es lo más común, una forma de defenderse de la lluvia que empieza a caer quince minutos antes de terminar las clases y le permite a Andrés, salvar a Carlos del mal clima. Ahora, un Carlos diferente le sonríe  y le da las gracias. Así termina el cuento de Santiago Londoño, pero el de Jennifer y el de los demás niños, apenas comenzaba. 


El paraguas de Andrés.

Les pido que imaginen un objeto como ese paraguas de la historia, al que puedan darle toda clase de uso fantásticos y que me cuenten en un pequeño texto, lo que esos objetos pueden hacer. 

De la experiencia surgieron objetos como estos : 


El lápiz mágico” de Astrid Yurley Jiménez.
Había una vez un niño que iba triste para la escuela y se encontró un lápiz mágico. Dijo: “Juan qué suerte” y se animó a ir a la escuela. Cuando llegó le contó a su profesora, pero ella lo ignoró y  le dijo "Juan nadie presta atención”.
Entonces, fue y se sentó en la fuente y la profe se le acercó a pedirle disculpas. Le dijo: muéstrame la magia de tu lápiz. De pronto, el dibujó en el cielo una  nube de dulce y la profesora no podía creerlo. Los niños salieron a recoger los dulces y luego Juan deseó poder volar y se fue volando a su casa, feliz de poder desear cosas útiles.

“El pincel hechizado” de Gloria Reina Polo.
Había una vez una niña llamada Alejandra, que encontró un pincel. Ella vio que cuando lo cogió, el pincel cambió su forma y se puso brillante al igual que su mano. Se sorprendió y fue a donde su mamá, que la regañó por tomar algo que no le pertenecía. Ella le dijo que estaba en la tierra y lo vio. No había nadie, así que lo tomó. La mamá le dijo : ok, pensé que lo habías tomado y tenía dueño. 
Al día siguiente, ella se puso a pintar con el pincel y notó que se le había acabado el azul . Entonces,  dijo: quisiera tener mi pintura azul. Luego el pincel se movió y tenía pintura azul en sus mechitas. Empezó a pintar, luego gritó y salió corriendo a donde su mamá y le dijo: “mamá el pincel se movió y está pintando solo”. Fueron al cuarto de Alejandra y el pincel estaba tirado en el suelo. La mamá no le creyó. 
Al día siguiente lo llevó a la escuela y empezó a pintar y sus amigos la veían. De pronto se le acabó la pintura morada y como Alejandra sabía que el pincel era mágico, dijo: pincel, píntame la flor de color morado, por favor. Sus amigos vieron y dijeron: qué pincel, qué suerte tienes, pero lo triste es que tu mamá  no te cree. Eso creía. Su mamá había llegado a buscarla porque Alejandra tenía que ir al médico y vio  todo. Ella se puso feliz porque su mamá le creyó.

Al final del taller, Jennifer y otros niños se acercaron para devolverme los libros de Colombia Cuenta y los  afiches del concurso. Pensaban que se los habían prestado sólo por esa mañana. Les conté que se los habían enviado desde Bogotá, para que los leyeran, los compartieran y se animaran a participar. 




A veces la felicidad está en la sonrisa de un niño en el barrio Gaira, que descubre un viernes de noviembre a mitad del día, que le han traído una herramienta para soñar y que él también puede hacer que otros sueñen, contándoles las aventuras de un lápiz mágico o de un pincel hechizado.













No hay comentarios:

Publicar un comentario